Las tenues horas de una noche estirada
pueden diluirse impolutas
y cuando ya se vuelve hora de lavar las copas
pueden aún asomar los fantasmas
que atocigaban a los comensales
para susurrarles al oído
miserias
y lo imprevisible del tosco destino.
Las tenues horas estiradas de una noche cualquiera
pueden traer víboras, perros
y luces que no prendan.
Pueden sentar a los fantasmas
en la silla vacía de Banquo,
o pueden ponerlos a hablar en voz alta
frente a todos los invitados.
Ya diluídas impolutas,
con los fondos de las copas
secándose aún a la espera
de una liba jabonosa;
las horas de la noche traidoras
pueden pasarse
recordándonos
lo veloces que son
y cada conquista que dejamos escapar
sin regalárselas a un rey
como hiciera Mio Cid en Valencia.
Cuando los fantasmas salen a comer
muchas veces estamos despiertos.
Muchas veces vemos que otros los ven
y entonces atendemos
algo lentos
a que no son fantasmas
sino escapes consumados.